Lucía tiene 43 años, 3 hijos, es divorciada y vive en Tecamac.
Su motivación más grande es sacar adelante a sus hijos; quiere que estudien, que sean profesionistas y que tengan las oportunidades que ella no tuvo. Le gustaría tener más trabajo para poder comprar una casa o un terreno. Ella le pide a Dios por la gente que no tiene trabajo ni comida, por su salud y la de su familia.

A Lucía le gusta la serie “Bones”, le encanta cenar pan de dulce con café, lee revistas que hablen de naturaleza y sus heroínas son las mujeres profesionistas como la de su serie favorita.

Su historia:

Nació en la delegación Gustavo A. Madero el 23 de Marzo de 1972, vivía con sus papás y con sus hermanos, es la mayor de siete hijos. Sólo estudió hasta 4to de primaria, pues era víctima de burlas por parte de los demás niños por tener los dientes chuecos y su familia no tenía dinero para llevarla al dentista. Cuando abandonó  la escuela, se dedicó a trabajar con su papá, él era encargado de unos juegos mecánicos, y tenían que trasladarse a donde había ferias, Lucía recuerda: “Anduvimos de nómadas”.

 

A los 17 años se escapó de su casa junto con una de sus hermanas, se fueron a vivir con unos amigos que prometieron ayudarles y a los pocos días las corrieron. Nuestra aliada Lucía se vió forzada a buscar trabajo y lo encontró en un taller de costura. Recuerda su primer salario: “Me pagaron 12 pesos porque no sabía hacer las cosas y las echaba a perder. Tenía que coser ropita de bebé.”

Su primer acercamiento con las labores domésticas fue después de dejar este primer empleo como costurera. La necesidad, la llevó a entrar a trabajar en una casa haciendo la limpieza. Se pone muy seria y nos platica bajando un poquito la voz que en una ocasión su patrón intentó abusar de ella: “Me defendí con unas tijeras, pero la segunda vez que mi patrón lo intentó, no salí tan bien librada y quedé embarazada” nos platica ya sin poder aguantarse el llanto. Su primogénito, Juan Luis, hoy tiene 22 años.


Después de este terrible acontecimiento, Lucía tuvo el valor de dejar ese empleo y consiguió una plaza en una maderería. Su labor era cargar bloques de madera y carretas con taquetes. Debido a la naturaleza de su empleo, tuvo que ocultar su embarazo. Cuenta que le iba muy bien, ganaba casi lo doble del mínimo y le alcanzaba para pagar una renta que en ese entonces era de 400 pesos. “Me pude comprar una cama usada, una parrilla, dos platos, dos tazas y unos cubiertos” nos cuenta nuestra aliada.

Cuando su embarazo fue evidente, su jefe la regañó por no avisarle de su condición, expresándole que ya no iba a poder desempeñar las tareas por las que estaba contratada por su seguridad y la de su hijo. Ella, en ese momento, sintió que era culpa del bebé y se metió a un baño o pegarse en la panza; “Mi bebé nunca se había movido, y ese día que me pegué, se movió como diciendo: Yo no tengo la culpa… a partir de ese día, todo lo que yo hacía, lo hacía por él.” Recuerda con lágrimas en los ojos.

Siguió trabajando en la maderería y empezó a salir con un compañero del trabajo, Miguel Ángel, que la invitó a verlo jugar futbol. Él sabía que Lucía estaba embarazada y cuando nació su hijo, le ofreció que se fueran a vivir a su casa. Estando ahí, su suegra y su cuñada se dedicaron a hacerle la vida imposible, le rompían la ropa y la amenazaban cuando Miguel Ángel no estaba. Hasta que un día, después de aguantar maltratos físicos y verbales, ya con 2 hijos de 7 y 3 años de edad, se tuvo que ir de la casa: “Me peleé a madrazos con mi cuñada, agarré a mis hijos y solo le dejé un papelito a mi marido en la almohada.”  

Llegó a casa de su hermana, y para sobrevivir, empezó a organizar tandas y vender zapatos y artículos para la casa por catálogo. “Mi marido me volvió a buscar y nos fuimos a vivir juntos pero ya aparte de la familia.” A los pocos meses, se volvió a embarazar; su tercer hijo nació a los 6 meses y medio de gestación; “Tuvimos que estar dos años en el hospital, teníamos seguro por parte de mi marido pero eso no quita la angustia y la preocupación por mi bebé.”

A los 34 años empezó a trabajar en un casa haciendo labores domésticas donde se sentía discriminada puesto que tenía reglas muy estrictas que cumplir y le hablaban de mal modo y a gritos. Posteriormente trabajó en una agencia de personal de limpieza; “Me mandaban a trabajar en el lugar de las visas para Estados Unidos, en gimnasios y en una empresa de teléfonos.” Lucía trabajaba muchas horas, casi no veía a sus hijos y sentía que los estaba descuidando.

“Me enteré de Aliada por una amiga y ella se enteró por el internet. A ella la conocí cuando trabajaba haciendo la limpieza en una empresa de seguros. Yo no creía lo que me iban a pagar. Le dije a mi amiga: Trabaja tu primero y ya si si, yo entro la semana que viene.”

A la semana, llevó sus papeles e ingresó a la plataforma como Aliada.

¿Por qué Aliada?

“Por mi seguridad. Yo me siento protegida con Aliada. No son como las otras empresas como en las que trabajé que a la mera hora nos dan una patada.

Al pertenecer a Aliada, si yo tengo un problema con un cliente, se que ustedes no me van a dejar sola. Así como yo tampoco los voy a defraudar. Aliada está dándonos confianza y siento que son mis amigos. Si no me gusta algún servicio, yo lo notifico y me lo cambian. Me siento importante porque toman mi opinión en cuenta.”

Lucía también nos platica que como persona ha cambiado mucho, siente que ya no está a la defensiva y nos cuenta con mucha emoción que se acaba de comprar un refrigerador, está pagando su comedor y está ahorrando para un horno de microondas nuevo.

En el ámbito familiar: “Gracias a Aliada estoy mas tiempo con mis hijos y por fin me independicé de mi marido. Ya no éramos felices.”

¡Gracias Lucía, por contarnos tu historia, por contagiarnos tu felicidad y por compartirnos tus ganas de querer un mejor futuro para tí y tus hijos!

 

Para esta semana, dada la historia, cambiamos el nombre y la imagen de la Aliada para respetar su privacidad.